Diario Calle de Agua

España - Marruecos

Política

Los verdaderos agujeros negros

En este artículo de Opinión, José Ángel Cadelo, opina sobre la situación que vive un país africano como Sudán del Sur que mantiene activas relaciones con Marruecos.

Numerosos pueblos africanos contemplan, maniatados, cómo sus élites políticas nacionalizan los recursos naturales del país y se enriquecen arrogándose el derecho al cobro por su explotación.

La raíz del conflicto que vive Sudán del Sur en la actualidad sirve para explicar bien ese oscuro parámetro político, apoyado casi siempre desde el exterior, que se repite en tantos países de África a causa de una riqueza energética o recurso estratégico. En este caso se trata, una vez más, de crudo, una industria cuyo desarrollo tiene dos epicentros complementarios en la región: los yacimientos ubicados en esta joven e inestable república meridional y, por otro lado, los oleoductos que atraviesan los restos del viejo Sudán hasta el Mar Rojo. Por eso, Sudán del Sur y Sudán se hallan compelidos a un entendimiento mínimo, como productor y transportista respectivamente de las exportaciones de crudo, que les garantice los extraordinarios ingresos que genera esta industria cuya explotación material y comercialización recae en empresas chinas y malayas.

Estados Unidos jugó un papel importante en la autonomía e independencia de Sudán del Sur en 2005 y 2011 respectivamente. Washington estuvo especialmente presionado por grupos conservadores norteamericanos que creían que el norte de la región era árabe y musulmán mientras que el sur estaba habitado por africanos cristianos adscritos a diferentes iglesias evangélicas. La realidad no era tan así: el norte era también africano, negro, aunque parcialmente arabizado; y en el sur se practicaba sobre todo el animismo tribal, a pesar de los deseos y esfuerzos de los misioneros evangélicos. Con todo, Estados Unidos y sus aliados favorecieron el nacimiento de la que sigue siendo hoy la más joven y la más pobre de las naciones del mundo, cuyo presidente ostenta orgulloso en sus apariciones públicas el sombrero tejano que le regaló Bush y con el que pretende evidenciar su filiación ideológica. Él es, sin duda, uno de los que más directamente se beneficia de los ingresos de la explotación de los yacimientos petrolíferos, con los que según el Banco Mundial, “se podría terminar con el hambre y las carencias básicas de toda la población del país”. Entre estos beneficiarios hay muchos otros políticos del régimen de Yuba y muchos altos funcionarios; casi todos tienen a sus familias viviendo en la opulencia fuera del país.

El hombre del gorro vaquero, Salva Kiir Mayardit, el resto de los oligarcas del país, y los empresarios chinos y malayos pueden estar especialmente interesados en la inestabilidad de la región, en la perpetuidad de las luchas tribales y hasta en la aparición y sostenimiento de las nuevas y peligrosas milicias armadas: esta inseguridad y desequilibrio social sigue siendo en África la perfecta cortina de humo para el robo de los recursos de una nación por parte de sus élites políticas. La deseable paz social y el imprescindible equilibrio de poderes acabarían imponiendo al gobierno de Mayardit una transparencia en la gestión de los recursos minerales de la nación con la que no pueden estar de acuerdo ni las élites corruptas del poder ni sus milicias privadas. Tampoco las multinacionales asiáticas que tienen la concesión de la explotación de estos recursos parece que puedan desear fervientemente el orden o la prosperidad: sin duda prefieren que los yacimientos y los oleoductos estén en unas pocas manos controlables: el petróleo así resulta mucho más económico; el precio que pagan a Nilepet (la empresa nacional de petróleos de Sudán del Sur) por barril nada tiene que ver con el valor del producto en los mercados internacionales. Es más, para pagar a esos pocos oligarcas políticos casi siempre bastan unas cuantas residencias de lujo en Miami o París, yates, grandes hoteles, casinos y prostitutas. Todo eso, junto a garantías internacionales de permanencia en el poder, protección frente a opositores locales armados y seguridad personal, suelen ser suficientes prebendas para que los responsables públicos permitan que el petróleo salga a chorros por Puerto Sudán con destino a las gasolineras de Asia, desangrando las reservas del país y abocando a la miseria al pueblo sursudanés.

El oro, los diamantes o el coltán en casi todas las naciones de África son también industrias nacionalizadas cuyo cobro por explotación corresponde sólo a unos líderes políticos fuertemente protegidos y con una gran desafección por su pueblo. Los países occidentales o asiáticos que explotan esos yacimientos tienen en sus manos exigir al gobierno local de turno inversiones tangibles en infraestructuras, sanidad o educación. Podrían poner esa condición y las naciones africanas emergerían y avanzarían en derechos humanos; pero ello, sin duda, encarecería el coste del producto. Dado que es el consumidor final de gasolina, móviles o ropa el que quiere precio y no libertades ni progresos para países cuyos nombres ni siquiera ha oído nunca, esta situación africana de injusticia salvaje no parece que vaya a cambiar en los próximos años.

Por fortuna, empiezan a aflorar en muchos países europeos grupos de consumidores que adquieren y divulgan conciencia sobre el origen sangriento de los productos de su mercado. Y comienzan a presionar a sus autoridades y a los productores. Este nuevo y esperanzador factor social así como el acuciante apremio migratorio de origen africano son, tal vez, los elementos que acaben algún día propiciando los necesarios cambios para que la poderosa África pueda escapar de la tiranía, el analfabetismo y el subdesarrollo. Puede que lo veamos.