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Sociedad

La cultura de los cafés en Tánger

Los cafés juegan un importante papel en la sociedad marroquí, donde cada barrio, callejón o calle de cualquier ciudad puede contener cuatro o cinco cafés; cualquier pequeño pueblo pequeño tiene uno.

No es raro ver a alguien sentarse con un amigo, quedarse una hora o más y nunca pedir nada. En Marruecos, de Casablanca a Tánger, de Marrakech a Fez, y de Rabat a Uchda siempre hay una nostalgia como de histórica cafetería.

Dentro de Marruecos, ninguna otra ciudad puede igualar la histórica cultura de los cafés de Tánger.

En las décadas de 1950 y 1960, escritores y artistas expatriados como Paul Bowles (1910-1999) y William Burroughs (1914-1997) dieron fama internacional a los cafés de la ciudad, desde el Hafa o el Gran Café de Paris.

Estar en Tánger significa tomar un buen café, refiriéndose a los muchos existentes donde sentarse, leer, charlar.

Pero muchos de los lugares frecuentados ya existían hace décadas donde estuvieron escritores marroquíes como Mohamed Mrabet, hoy con 87 años, además de Mohamed Chukri (1935-2003) y Mohamed Hamri (1932-2000) que eran habituales.

Todavía se recuerda a los escritores estadounidenses y europeos que dieron a Tánger una reputación cultural.

Esa comunidad de escritores y artístas tuvo un importante papel en la historia de la ciudad en el siglo XX y ayudó a rezumar el encanto de muchos de sus cafés.

Quizás ningún café en Marruecos haya ganado tanta fama como el café Hafa en Tánger, simplemente por su sencillo equipamiento, su oferta limitada y su vista panorámica del Estrecho de Gibraltar.

Se puede tomar un té y atiborrarse de Bisara, una abundante sopa de puré de guisantes, antes de levantar la vista más allá del mar, de pie en una colina sobre el azul Océano Atlántico contemplando España.

Es el café Hafa, aún flotan en el aire los espectros de escritores célebres que quedaron encantados con Tánger, de la generación de los ‘derrotados’ de la beat generation, que hacían historia sin saberlo al borde de las tazas de café.

Hoy con ya más de un siglo de existencia se ha convertido en un santuario para turistas, un refugio para los perdidos y un lugar de descanso para los trabajadores.

El escritor español Juan Goytisolo (1931-2017) llamó a Tánger “una ciudad abierta en todos los sentidos de la palabra”, lo que sirve para acercar los hábitos de su cultura del café que muestra sus estrechas conexiones con Europa.

Y no solo el café, sino también el té marroquí, está omnipresente, aunque, como ocurre con muchas cosas, Tánger le da un toque único.

España estuvo en el norte de Marruecos desde 1912 hasta 1956, durante la Segunda Guerra Mundial, los tangerinos lucharon por mantener el suministro de alimentos básicos.

El té era uno de esos alimentos básicos, por lo que las cafeterías locales se adaptaron ofreciendo tazas rellenas de menta para compensar sus escasas porciones.

En otras ciudades marroquíes al sur, las cafeterías suelen servir pequeñas teteras (refrigeradores) de té fuerte con pequeñas tazas para que cada uno se sirva.

En el norte, el té todavía se sirve en tazas altas llenas de un líquido de color ámbar claro perfumado con hojas de menta verde. Es un símbolo intrínseco de la ciudad como el café.

No hay que olvidar que Marruecos es el tercer país consumidor de café de toda África.

Los árabes llamaban antiguamente al café, la ‘medicina milagrosa’ debido al estado de actividad que disfrutaba cualquiera que lo bebiera.

Hay que recordar las palabras del poeta palestino Mahmud Darwish (1941-2008): “El café no se bebe de prisa, el café es hermano del tiempo, se bebe despacio, el café es el sonido del gusto, el sonido del olfato, el café es meditación y penetración en el alma y los recuerdos.”

Darwish solía describir el café como ‘la clave del día’, y que es como el amor, un poco no sacia y mucho es insaciable. En otro poema 'A mi madre', escribe: ″Añoro el pan de mi madre y el café de mi madre...”

Un proverbio árabe del siglo XVII señala: “El café, bébelo sin remordimientos. Su aroma quita los nervios y su consumo los problemas de la vida cotidiana”.

Texto: Jesús Cabaleiro